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miércoles, 14 de noviembre de 2007

Negociación y relaciones en la familia y el trabajo


ComunidadMujer organizó la charla “Negociación y Relaciones en la Familia y el Trabajo” con el fin de entregarle a las asistentes conocimientos efectivos para la gestión de obtención de acuerdos y toma de decisiones. El empresario y consultor, Jaime García, entregó directrices respecto a cómo negociar para mejorar las relaciones.

Negociar es algo que las personas hacemos en todos los ámbitos y que tiene que ver fundamentalmente con una manera de convivir y, por ende, de relacionarnos. A la vez como seres humanos, no podemos escapar a nuestra biología y a algo tan fundamental como las emociones. Por lo mismo, la probabilidad de tener éxito en nuestras negociaciones – a todo nivel – depende de nuestras emociones y de cómo las expresemos. En la medida en que aprendamos a negociar, podemos también mejorar nuestras relaciones en la familia, el trabajo, la vida ciudadana, por nombrar algunas dimensiones.

El siguiente es un extracto de la charla que Jaime García dio para ComunidadMujer, ocasión en la que también dio a conocer su libro “Inteligencia Relacional”, una reflexión exhaustiva sobre la importancia de las relaciones y del papel que juegan las emociones en nuestro vivir y convivir.

“En nuestra cultura tenemos dos maneras de relacionarnos, una que es desde la verdad y otra desde el entendimiento. A la primera le hemos llamado ‘razón’ y en ella aparecen formas de relacionarse que tienen que ver con el poder y el sometimiento. Un sujeto A dice tener la razón, la verdad, y desde esa posición de poder intenta imponer su postura a los demás. Por eso, en sus relaciones priman nociones como ganar, controlar, amedrentar, ceder, etcétera. La palabra ‘ceder’, por ejemplo, está desprestigiada. Si uno, en cambio, tuviera la sabiduría del desapego, de no apegarse a las posiciones o a las cosas, uno andaría liviano y tranquilo por la vida.

La ‘inteligencia relacional’, esa segunda manera de convivir, tiene que ver con hacerse cargo de las relaciones que uno tiene. El matrimonio es una relación. Y fíjense en una cosa bien curiosa. Si entendemos que un sujeto A y un sujeto B tienen cada uno su verdad y eso, por lo mismo, los hace distintos, y además están casados, uno podría afirmar que A tiene un matrimonio y B tiene otro matrimonio. No existe para ellos EL matrimonio. Hay al menos dos, desde cada punto de vista, desde cada vivir. Por lo tanto, el concepto de “media naranja” no existe según esta nueva mirada porque supone un nivel de exigencia. El otro viene a complementarme. Pero si vemos el matrimonio como fuente de autonomía y mi mujer o marido es distinto, lo que nos une es el amor, sin ataduras, sin apegos, un amor que fluye.

EL CONFLICTO
La ‘inteligencia relacional’ nos lleva también a replantearnos qué es el conflicto. La definición tradicional hablaría de ‘desacuerdo’, pero ¿qué significa eso? Les pongo un ejemplo. Con mi mujer tenemos tendencias políticas totalmente opuestas, pero no necesariamente vivimos en el conflicto. Eso quiere decir que diferencia no es sinónimo de conflicto. Conflicto, entonces, hace referencia a una imposición. Tiene que ver, por tanto, con cómo yo me muevo en torno a la otra persona respecto de una discrepancia, es decir, con situaciones en que alguien se mueve en relación a otro en la exigencia, en la obediencia o en el sometimiento. Si yo no exijo, tengo un descuerdo y con un desacuerdo se puede vivir. Pero si yo impongo, obligo al otro a defenderse. Y cada vez que surge la noción de ‘defensa’ aparece la noción de enemigo. Si no hay defensa, no hay enemigo. No es coherente decir que uno se defiende del amigo porque la amistad es justamente un acto amoroso, se funda en la aceptación del otro, sin condiciones, sin exigencias, sin remordimientos. La amistad es un acto de amor esencial. Y resulta que con su mujer o marido o hijos uno, de repente, en la defensa de los valores o principios, los trata como enemigos.

Un conflicto surge de una manera de relacionarnos. Por ejemplo, si la mamá dice ‘hijo, ordena la pieza’ y éste contesta ‘está ordenada’, ella no escucha eso. Porque el ‘ordena tu pieza’ es una relación de exigencia. La mamá no le está preguntando si la pieza está ordenada o no. Está desordenada porque ella lo dice y dado que es su parámetro el que vale y norma la relación, el hijo tiene que obedecer. Y lo que surge es un conflicto. ¿Pero cuál es la explicación del conflicto? La mamá podrá argumentar que el orden es fundamental en su casa. Conozco una familia que empezó a privilegiar el orden y sus miembros dejaron de hablarse. La armonía que había antes se acabó con declaraciones como ‘lleva esta taza a la cocina’. Era un punto de desencuentro porque lo que querían conservar era el orden. Y cuando uno quiere conservar el orden, desaparecen las personas.

Esto de conservar no es una cosa trivial porque los seres humanos somos seres conservadores, no cambiantes. Esas ideas que tanto rondan hoy de que lo único constante es el cambio develan una ceguera en torno a la biología. La esencia del ser humano es conservar. De hecho, lo primero que tratamos siempre de preservar es la vida. Es más, si no fuese así, no habría hospitales. Si no nos importara la vida, éstos no tendrían sentido. ¿O por qué nos da miedo subirnos a los aviones? Porque de alguna manera la vida está en riesgo.

La ley sistémica nos dice que cuando dos elementos empiezan a conservar una relación, todo lo que hay alrededor de ella cambia. A modo de ejemplo: un hombre que lleva la vida típica de un soltero, se debe sólo a sí mismo, no le responde a nadie, él decide sus horarios, en fin. Conoce a una mujer, se enamora y después de proyectarse, deciden casarse. Entonces, el matrimonio es, en este caso, establecer una relación. Él se casa con ella y ella con él y si quieren conservar la relación, el tipo de vida que el hombre llevaba lo tiene que cambiar. Estoy diciendo que todos los cambios giran en torno a un conservar. El cambio por el cambio no tiene sentido. Solamente lo tendría en función de lo que se quiere conservar. Estoy llevando una vida sedentaria y estoy engordando. Quiero conservar la salud. ¿Qué tengo que hacer? Ir al gimnasio o cambiar mi alimentación o combinar los dos. Es decir, tengo que modificar mi rutina. Dicho de otro modo, todo el cambio de rutina gira en torno de lo que quiero conservar. Ésa es una pregunta fundamental en la biología. Lo que ha motivado la historia de la Humanidad no han sido el desarrollo tecnológico ni las oportunidades, sino conservar un tipo de vida humano. Por eso, cada vez que nace un hijo hay que enseñarle a hablar y a caminar porque son dos conductas fundamentales para ser ser humano. Ser humano es una manera de vivir. No hay que olvidarse que la única diferencia que tenemos con un renacuajo o con una lagartija es el lenguaje. Nosotros hablamos. Los animales, al igual que nosotros, también son emocionales, pero no tienen lenguaje.

LOS LÍMITES
En este contexto, ¿qué rol juega el límite en la educación de los hijos y en ‘enseñarles responsabilidades’, como aspiran tantos papás? El límite surge aquí como una situación acotada de movimiento. No se trata de decir que los hijos hagan lo que quieran, pero les aseguro que un niño que ha sido criado en el amor no hace lo que quiere. Vive en la autonomía o, como lo llaman muchos, es un niño responsable. Para graficarlo mejor, me gusta explicarlo de la siguiente manera: el hijo nace fruto de la unión física de un padre con una madre.
El cuerpo de la madre está preparado para recibir el espermatozoide; no está preparado para tener el hijo porque primero tiene que partir un proceso de transformación que dura nueve meses. Y no es un proceso cualquiera. Es uno de tipo biológico que tiene un fundamento humano en el amor y toda la transformación del cuerpo de la mujer es armónico al desarrollo del niño, salvo excepciones. Cuando nace el hijo, lo hace en la confianza de que la madre lo espera y es en el parto que se produce este encuentro, un encuentro amoroso que no tiene ninguna expectativa, que es desapegado de cualquier exigencia. Me ha tocado hablar con padres que se han dado cuenta que el niño viene con síndrome de Down y que están, en muchos casos, en estado de shock. ¿A partir de dónde nace ese shock? De la expectativa. Cuando sueltan la expectativa, surge el niño amoroso, aún cuando venga con un defecto. La bendición de un hijo con síndrome de Down, a mi parecer, es que es un hijo sin expectativas porque lo único que hay que hacer es amarlo. Uno no tiene que exigirle notas o que sea ingeniero.

Pero volviendo a los niños en general, cuando nacen, los recibimos y les damos amor. Así los criamos, los cuidamos y les hacemos cariños. Los transformamos en el amor.

Ahora ese niño va a al jardín infantil y uno lo lleva de la mano y le dice ‘juegue con los amigos, comparta con ellos, páselo bien, sea feliz, abrace a los compañeros’. ¿Qué le estamos diciendo? Que fluya sin exigencias. El hijo, así, se cría en el amor, en la convivencia amorosa. No va al jardín infantil para ser el mejor ni para ser el líder del establecimiento porque no es un espacio donde eso sea posible; es más bien una dimensión de convivencia amorosa y eso es lo que les pedimos a las ‘tías’, que cuiden a nuestros niños, los acojan y les permitan ser ellos.

Y después lo metemos al colegio. Ahí empieza la exigencia. El niño llega con un seis, con un cinco y cuando trae el cuatro, castigo. Entonces, se transforma la convivencia y aparecen los límites. ¿Y de dónde surgen los límites? De algo que se ve como central en la vida: la búsqueda de un resultado. Nuestra cultura tiene los ojos puestos en el resultado y dado esto, queremos un hijo – bajo el pretexto de que sea feliz – que logre el éxito. Eso es lo que le va a dar la felicidad. Para esto, además, tenemos mil explicaciones. ‘No quiero que le pase lo que me pasó a mí’, ‘quiero que sea mejor que yo’, ‘la vida es dura y hay que prepararlo para esta lucha’, en fin. Se comienza a condicionar esta relación, esta convivencia. Se transforma de algo que era amoroso a algo basado en la exigencia. Si ustedes siguen tratando a este hijo con amor, ese hijo va a ser legítimo y orgulloso de sí mismo.

Hay quienes piensan que no es el convivir amoroso lo que hace surgir a un niño autónomo y seguro de sí mismo sino el hecho de que ha tenido posibilidades de surgir, como si las posibilidades fueran algo que se vuelve disponible a los hijos. Se las ve como recursos externos y, de acuerdo a esta mirada, habría entonces niños con suerte y niños con mala suerte. Yo vengo de origen muy humilde y nunca tuve recursos y, sin embargo, me ha ido bien. He llegado a hacer cosas que no están establecidas en los discursos que uno se da. Y me he diseñado la vida que quiero vivir. No nos engañemos en los discursos. La historia de la Humanidad, les decía antes, no es la historia de las oportunidades. Cuando se habla de la ‘igualdad de las oportunidades’ se me paran los pelos porque ¿qué es una oportunidad? Si la realidad en sí, independiente del observador, no existe, ¿puede haber algo externo denominado ‘oportunidad’? Esto me trae a la mente lo que veía en las afueras de la estación de metro de Roma, en Italia. Entre la salida del tren y la estación de buses había unos 100 metros de distancia y mucha gente aprovechaba el trayecto para fumar rápidamente un cigarrillo. La calle estaba llena de colillas de cigarros a medio fumar. Lo primero que uno pensaba es que eran desechos hasta que un día me fijé en un sujeto que todos los días se paraba en esa misma calle a recoger las colillas y a fumarse el resto de cigarillo que les quedaba. Es decir, lo que para la mayoría de las personas era desperdicio, para este hombre era una oportunidad. Las oportunidades, por lo tanto, tienen que ver con uno.
Es una mirada que tiene que ver con la emocionalidad. No es un recurso que esté fuera. Por eso hay que cambiar este entendimiento. Cuando uno se pregunta ‘qué camino es el que tengo que tomar’ la respuesta es ‘depende de para dónde quieras ir’. Pero ésa es una noción de futuro que uno no la sabe. La pregunta real, creo yo, es ‘qué quiero conservar’.

Pensar que el desarrollo o posibilidades de desarrollo de una persona dependen de que se le brinden oportunidades como si fueran algo externo configura un modo de vivir de ‘víctima de las circunstancias’. ¿Qué son las circunstancias sino apreciaciones personales? ¿Cuál es la diferencia entre un problema y una oportunidad? La evaluación que haces. Si a la circunstancia le aplico un juicio negativo es problema; si le aplico un juicio positivo es una oportunidad. Por ejemplo, la fusión de dos empresas, en una circunstancia cultural normal, genera confusión y andan todos asustados. Pero para algunos esto no implica un dilema; es más, representa una posibilidad: la de retirarse y empezar un negocio nuevo, la de experimentar una fusión por dentro, la de irse y ofrecer su ‘know how’ en otra organización, en fin. Ésa es una valoración personal, pero desde nuestra cultura no nos damos cuenta de que todas las cosas son así. Yo las invito a que nos salgamos de este camino explicativo tradicional que yo llamo ‘justificaciones’ y que son como ‘chupetes’. Porque cuando uno vive una situación de evaluación, de reflexión o de decisión siempre tiene una explicación para quedarse donde está parado y esa explicación es un ‘chupete’. Pero de lo que no me doy cuenta es que cuando uno vive en las explicaciones de siempre vive en la impotencia y se estanca”.

Texto transcrito por Margarita Hantke

ComunidadMujer
http://www.comunidadmujer.cl/

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